Comenzamos a escalar siguiendo el sendero, custodiado por grandes árboles y frondosa vegetación. Al principio fue divertido, la pendiente no era muy pronunciada y el camino estaba bien marcado, además sobraban los cursos de agua para hidratarse, la vista era hermosa, el clima era ideal y completaban el cuadro bellas flores por doquier y animales de pastoreo dando vueltas por la zona, lo que creaba un ambiente agreste muy amigable. Las horas transcurrían sin sobresaltos importantes, pero la larga caminata en subida y las escaladas empezaban a pasar factura; me sentía extenuado y ella se sentía peor, no estaba entrenada para semejante esfuerzo físico. Pero en la montaña, como en la vida, no existe otra posibilidad más que seguir adelante. Como se pueda. Como sea. Pero siempre para adelante, nunca para atrás.
El sendero que al principio estaba bien marcado se empezó a difuminar en el bosque y las señales eran cada vez más escasas. El sol iba cayendo, el tiempo se agotaba y ella se empezó a desesperar: habíamos perdido el camino. La verdad es que yo no soy un experto en montañismo y supervivencia, pero no podía permitir que ella perdiera la razón y determiné que lo más prudente era sosegarla como sea, así que traté de tranquilizarla y mitigar sus miedos, le expliqué por qué eran infundados, que confiara en mí, que yo sabía como actuar en estas situaciones, además es muy común que la gente se pierda en la montaña. Entre sollozos me dio una sonrisa y recuperó la confianza.
El sol se escondió por completo entre los árboles, la oscuridad era casi absoluta y ya se empezaban a percibir los extraños sonidos de la noche en el bosque. Tenía que tomar una decisión: arriesgarnos a seguir escalando por una pendiente cada vez más pronunciada casi a ciegas o acampar entre los árboles hasta que aclarara, siendo conciente de los peligros que existen durante la noche en ese inhóspito lugar. No tenía alternativa, seguir adelante era casi un suicidio. Leña sobraba, así que me concentré en crear un fuego que nos abrigue del intenso frío y nos ampare de la profunda oscuridad que reinaba. Los sonidos eran muy diversos y raros, pero todos tenían algo en común: creaban un espeluznante clima tenebroso, como si todo fuese un escenario creado exclusivamente para nosotros, para sugestionarnos y generarnos temor, como sacado de una película de terror. Es en ese momento cuando la mente traiciona, se pone del lado del oponente, se confabula con el entorno para armar secuencias escalofriantes. Yo intentaba distraerme afilando una rama larga con mi navaja, mientras hablaba con ella inventando temas que nada tenían que ver con la situación en la que nos encontrábamos, haciendo un intento de transportar nuestras cabezas a algún lugar cotidiano, ameno, seguro, pero creo que ni yo me lo creía. Lo único que me reconfortaba era el hecho de no estar solo, ella me acompañaba, pero no era sólo por la simple compañía, iba mucho más allá. Yo tenía una responsabilidad, yo debía protegerla, ya sea física o psíquicamente, debía estar preparado para todo, yo tenía que ser fuerte para transmitirle seguridad, debía ser valiente. No tenía otra opción, y eso me gustaba, me hacía sentir bien. Es en este tipo de situaciones extremas en donde surge lo mejor de uno, donde se reconocen virtudes y aptitudes en uno mismo que permanecían ocultas dentro de un hombre de ciudad acostumbrado a lo fácil, a lo seguro, a lo conocido. Después de haber contemplado paisajes increíbles y vivido sensaciones fascinantes y extremas, uno toma conciencia de que no somos nada en comparación con lo que nos rodea, nos creemos amos y señores de un mundo donde nuestro protagonismo es casi nulo, un mundo al que le importa una mierda si nos hace falta agua o comida o sentimos miedo. La naturaleza es grandiosa, hermosa, peligrosa y digna del mayor de los respetos.
Ya habían transcurrido varias horas desde el acampe. Se hacía muy difícil conciliar el sueño. Siento ruidos extraños. Pero tenía que hacer mis necesidades, debía salir de la carpa. Ella me siguió, no quería quedarse sola. Alumbré con mi linterna hacia todos lados para cerciorarme de que no hubiera ningún peligro, los ruidos habían cesado. Me puse a pensar en los animales que podrían haber alrededor: zorros, huemules, ciervos, jabalíes, pumas, etc., no se acercan al hombre, nos temen, y tienen buenas razones para ello. Me sentía estúpido preocupándome por ellos, no era lógico, parte de mi mente seguía empecinada en crear temores infundados y tenía que descansar, porque al otro día había que continuar escalando. Finalicé mi tarea y nos dirigimos a la carpa, procurando dejar mi mente en blanco, porque ya no podía ser fácilmente engañada con pensamientos bellos o cotidianos. Percibo el sonido de hojas secas a unos metros. Giro la vista y los vi. Era mi imaginación, que otra vez me estaba tendiendo una trampa, pensé. Pero el alarido que lanzó mi compañera me hizo reconsiderar la situación. Eran unos ojos brillantes, luminosos, con una mirada penetrante, segura y acechante. Un gruñido sereno en un tono muy bajo, completaba el escalofriante cuadro. Era un puma, de poco me iba a servir mi improvisada lanza en caso de un ataque. No caía en la cuenta de que lo que estaba pasando era real, no era posible, iba en contra de todas mis especulaciones y mi lógica, había ganado la batalla en mi cabeza la parte más infantil, la más inocente y crédula. Esto era muy real.
Tenía que capitalizar tantos años de mirar Discovery, le ordené a ella que permaneciera quieta detrás de mío, me erguí lo más que pude para parecer más grande y grité como nunca en mi vida, descargué todas mis tensiones y mis miedos en insultos hacia aquella bestia. Ésta, sorprendentemente, no respondió a mi agresión verbal, seguía gruñendo bajo a pesar de mis gritos. Hasta que comprendí lo que estaba sucediendo, había algo extraño en su mirada. En el abanico macabro de circunstancias posibles en una situación como esta nos habíamos topado con la peor: el animal estaba hambriento. Era la respuesta más obvia, es muy raro que acechen seres humanos, se me habían quemado los papeles. Maldije mi suerte, como corresponde, y que sea lo que Dios quiera, ya no dependía de mí, no había nada que pudiera hacer, más que seguir gritándole y tener fe.
Comenzó a moverse lentamente hacia un costado, buscando mi espalda, yo no dejaba de alumbrarlo y ninguno de los dos desviamos la vista del otro en ningún momento. Nunca voy a olvidar esa mirada, su brillo, una mirada aguda, profunda, alerta, quizás con un poco de miedo también, pero decidida. Supongo que, salvando las distancias, su expresión era la misma que la mía. Quizás toda la secuencia haya durado sólo segundos, pero a mí me parecieron horas, hasta que lanzó un grito desgarrador. Fue el momento más terrible que me haya tocado vivir, reviví toda mi vida en lo que habrá sido menos de un segundo (calculo yo, porque la noción del tiempo la tenía completamente distorsionada), el puma se me venía encima a una velocidad increíble. Grité con todas mis fuerzas, pero ya no con miedo, sino con rabia, ahora era un desafío, era él o yo. Yo ya lo había comprendido y estaba decidido a frenar su embestida y matarlo como sea. Clavé mi lanza al suelo y me tiré levemente hacia atrás: siento un ardor terrible en mi cuello, la fiera estaba sobre mí en el suelo, sentí su pestilente aliento en mi rostro, forcejeando saqué mi navaja y en un golpe de suerte pude abrirle la yugular. Quedé atónito, no podía creer lo que había pasado, mi plan había funcionado, mi lanza, que poca fe le tenía, lo había atravesado de lado a lado y lo debilitó para cuando lo tuve encima. Sólo sufrí cortes superficiales en mis brazos, un golpe en la cara con sus dientes y una herida que me recordará ese día por el resto de mi vida: sus garras rasgaron mi cuello y parte de mi pecho. Pero nada de eso importaba, había vencido a la bestia, con todas las de perder. Seguramente si me atacaran cien pumas más, moriría en todas las oportunidades, pero en este caso la suerte estuvo de mi lado. Y triunfé.
Qué historia picante hubiese sido eh! Jajaja. Sí me perdí en la montaña, pero por suerte alcanzamos el refugio justo al caer la noche, y no estaba con una mina sino con un amigo, pero quedaba más groso así. Y menos mal que no me encontré con un puma porque en estos momentos estoy saliendo en la tele:
Para los que no conocen: vayan al sur que es un lugar fantástico, de fábula. Y no se preocupen por los animales, hay más probabilidades de que se los viole un negro que de que los ataque un puma...













