domingo, 28 de marzo de 2010

EL FUTURO, ¿HOY? MMM...

La otra noche estaba mirando la tele mientras me fumaba un pucho. Programas interesantísimos había: noticieros con malas noticias, la Televisión “Pública” pasando publicidad oficial, programitas pedorros de archivo mofándose de las pavadas que salen en otros canales (para colmo te tenés que bancar que los conductores se hagan los bananas), Fort peleándose con un gato, en fin, boludeces. La cagada es que no te dan opción: si no te gusta, ponete a estudiar. Estuve al límite de cometer una locura, casi apago la tele y me pongo a estudiar, pero justo al borde del colapso mental veo una publicidad que me envió a un mundo superior por unos instantes. Paso a contar.

Llegó el futuro a la Argentina:



“Paisajes más verdes, sólidos más naturales, un cielo más azul, un aire más puro…”, no me digan que no conmueve. Además esos colores vivos, los pajaritos, buenísimo. Imaginate si me compro un auto como ese, no importa que salga un huevo (seguramente), porque se paga solo de un par de formas. En primer lugar con las minas,  dejemos aparte que es un autito bastante cheto y caro (con eso bastaría digamos…), uno podría utilizar esta tecnología para chamullar: “No mirá, yo siempre fui un tipo muy comprometido con el medio ambiente, me causa mucho dolor ver especies en peligro de extinción, desastres naturales y esas cosas. No puedo ser indiferente a lo que está pasando, va en contra de todo en lo que yo creo, por eso no uso autos con motores contaminantes. Amo la naturaleza.”, o cualquier otra variante de bolaso natura-sensibilidad. Por otro lado el ahorro de combustible: como tiene dos motores eléctricos que se retroalimentan entre ellos y aprovechan la energía cinética del motor de gasolina ¡no gastás nada de nafta! Y para gastar menos todavía podés cargarle la común (¿?). Encima dice que llega de 0 a 100 en 10,4 segundos. Relativamente veloz, llantas de 17’, amigable con el medio ambiente, no gasta un mango (estoy harto de gastar miles de dólares en gasolina contaminante y poco eficiente…), fachero, ganador, ¡sería un estúpido si no me comprara un auto tan sano y divertido!

Clic.

“¡Mah see’! Yo me lo compro.” Dije. Al otro día me fui al concesionario Toyota.

Esta musiquita surgió espontáneamente en mi cabeza cuando me subí:





La gris ciudad tomó colores divertidos, los animalitos corrían por doquier, el aroma a bosque inundaba todo mi ser, mientras escuchaba el alegre cantar de las aves. Ahhh, ahora sí... Qué bello es vivir…

Gozaba de mi éxtasis natural cuando de pronto me topo con un dulce y adorable koala. Bueno, no era un koala, era un perro, y me lo llevé puesto. Rompí toda la parrilla delantera. Por suerte seguía andando porque si se me llegaba a romper algo del motor ¿a quién se lo llevo?, ¿a la EPE? Y bueeeno, qué va’cer, total seguía escuchando la musiquita. Continúo.

“Ya que estamos probemos qué tan picante es” me dije. Y lo pisé. Casi me esguinzo el tobillo y el auto no pasó de 40 km/h… Claro, lo que no me dijeron es que sólo a nafta anda más o menos. Bueno, qué otra me quedaba más que ir a la estación de servicio que me quedaba más cerca.

Estaban de paro.

Algo me decía que ese no era mi día, pero no quería empezar a putear tan pronto, todavía tenía esa musiquita de mierda en la cabeza. Así que me relajé y me fui despacito hacia otra estación de otra empresa, que casualmente quedaba en la loma del orto. Para colmo el día estaba bastante feo, todo nublado, pinta de tormenta. Claro, yo no lo había visto porque estaba inmerso en un mundo mágico con animalitos y todo.
Sigo la marcha. Paro en una esquina, pasa un carro y me hace una raya desde el baúl a la trompa, encima bien prolijita me la hizo el muy puto. Me bajo para destripar gente y veo unos pibitos de 12 o 13 años arriba, “Disculpe don…”. ¡Pero qué leche, la puta que me parió!

Sigo. Llego a la estación. “Vos sabés que no llegó el camión cisterna, ya debería estar acá. Creo que se demoró por los piquetes, pero aguantá un toque que ya tiene que estar por llegar.” Me dijo el playero. Bueno, qué mierda hago, sigo andando despacito hasta encontrar otra estación, o me quedo esperando acá a que llegue el puto camión con el combustible. Ay, ay, ay… Bueno, espero, total ya debe estar por llegar teóricamente, además todavía tengo en la cabeza la musiquita de mierda esa que me está volviendo loco.

Una hora más tarde…

La musiquita me seguía taladrando la cabeza, encima en el manual no decía nada sobre la musiquita. Y ya no había muchos animalitos. Un par de ardillitas pedorras agonizando y un poco de olor a bosque, tapado por la asquerosa baranda a nafta. “Flaco, ¿faltará mucho para que llegue el camión? Me dijiste que ya llegaba y hace una hora que estoy como un boludo acá esperando.”, “No, pero ya llega, ya llega.”
A los veinte minutos llega. Cargo y me voy. ¡Muajajajajaaa! ¡Y ahora quién me para! Una bien al fin…

Ahora sí, ahora lo piso. Nieeeeeem, nieeeeem, nieeeeeeeeeeeeeeee… 70, 80, 90, 100… ¡PUM!/¡CRACK!

Agarré un bache. Se ve que justo ahí había caído un meteorito o algo así. Rompí dos llantas. ¡¡¡Lifchitz* y la recalcada concha de tu madre!!!, ¡ciudad de mierda, todas las calles rotas por todos lados! Y la insoportable musiquita que seguía ahí, inmutable la hija de puta. Ya estaba analizando seriamente la posibilidad de volver al concesionario y meterle el auto por el orto al vendedor. ¡Encima recién lo había sacado, no tenía ni auxilio mecánico!

Así como estaba el auto, y re caliente yo, y con la musiquita, arranqué rumbo a Toyota para putearlos. Me metí por adentro del Parque Independencia cuando de repente siento un golpe en la chapa. Digo “lo que faltaba, un pelotudo que me venga a tirar una piedra justo ahora que estoy tan tranquilo y relajado…”. Me bajé con una furia digna de Jacobo Winograd para buscar al chistoso. Me pega otra en la cabeza… Miro al cielo. Me pega otra. Y otra. Y se pudrió todo. Estaba cayendo granizo y yo en medio del parque con dos llantas rotas… ¡¡¡DIOS!!! Empecé a pegarle patadas al auto mientras puteaba a la musiquita, a los animalitos, a Toyota, al país, a la naturaleza, a la tele, a Fort y a la puta madre que lo parió, ¡por qué no me compré un Falcon modelo ’66 hecho mierda para que contamine todo y a la concha e’ su madre!

La cuestión era que al auto parecía que lo había traído de Irak. Me salió un huevo, contaminé, no me levanté ninguna minita, se me hizo mierda, renegué, puteé… Y la musiquita seguía ahí… Mientras me fumaba un pucho arriba del auto. En el techo.

Por suerte todo lo que pasó después del “Clic” fue sólo una pesadilla, pero mejor dejemos que el futuro llegue cuando tenga que llegar…



* Para el que no lo conoce, este hijo de puta es el intendente de la ciudad de Rosario…

martes, 16 de febrero de 2010

PATAGONIA EXTREMA

Toda mi vida pasó en un instante delante de mis ojos. Ella lo había previsto. Yo me había burlado de sus advertencias y sus miedos. Nada en la vida podía prepararme para una situación semejante.

Comenzamos a escalar siguiendo el sendero, custodiado por grandes árboles y frondosa vegetación. Al principio fue divertido, la pendiente no era muy pronunciada y el camino estaba bien marcado, además sobraban los cursos de agua para hidratarse, la vista era hermosa, el clima era ideal y completaban el cuadro bellas flores por doquier y animales de pastoreo dando vueltas por la zona, lo que creaba un ambiente agreste muy amigable. Las horas transcurrían sin sobresaltos importantes, pero la larga caminata en subida y las escaladas empezaban a pasar factura; me sentía extenuado y ella se sentía peor, no estaba entrenada para semejante esfuerzo físico. Pero en la montaña, como en la vida, no existe otra posibilidad más que seguir adelante. Como se pueda. Como sea. Pero siempre para adelante, nunca para atrás.

El sendero que al principio estaba bien marcado se empezó a difuminar en el bosque y las señales eran cada vez más escasas. El sol iba cayendo, el tiempo se agotaba y ella se empezó a desesperar: habíamos perdido el camino. La verdad es que yo no soy un experto en montañismo y supervivencia, pero no podía permitir que ella perdiera la razón y determiné que lo más prudente era sosegarla como sea, así que traté de tranquilizarla y mitigar sus miedos, le expliqué por qué eran infundados, que confiara en mí, que yo sabía como actuar en estas situaciones, además es muy común que la gente se pierda en la montaña. Entre sollozos me dio una sonrisa y recuperó la confianza.

El sol se escondió por completo entre los árboles, la oscuridad era casi absoluta y ya se empezaban a percibir los extraños sonidos de la noche en el bosque. Tenía que tomar una decisión: arriesgarnos a seguir escalando por una pendiente cada vez más pronunciada casi a ciegas o acampar entre los árboles hasta que aclarara, siendo conciente de los peligros que existen durante la noche en ese inhóspito lugar. No tenía alternativa, seguir adelante era casi un suicidio. Leña sobraba, así que me concentré en crear un fuego que nos abrigue del intenso frío y nos ampare de la profunda oscuridad que reinaba. Los sonidos eran muy diversos y raros, pero todos tenían algo en común: creaban un espeluznante clima tenebroso, como si todo fuese un escenario creado exclusivamente para nosotros, para sugestionarnos y generarnos temor, como sacado de una película de terror. Es en ese momento cuando la mente traiciona, se pone del lado del oponente, se confabula con el entorno para armar secuencias escalofriantes. Yo intentaba distraerme afilando una rama larga con mi navaja, mientras hablaba con ella inventando temas que nada tenían que ver con la situación en la que nos encontrábamos, haciendo un intento de transportar nuestras cabezas a algún lugar cotidiano, ameno, seguro, pero creo que ni yo me lo creía. Lo único que me reconfortaba era el hecho de no estar solo, ella me acompañaba, pero no era sólo por la simple compañía, iba mucho más allá. Yo tenía una responsabilidad, yo debía protegerla, ya sea física o psíquicamente, debía estar preparado para todo, yo tenía que ser fuerte para transmitirle seguridad, debía ser valiente. No tenía otra opción, y eso me gustaba, me hacía sentir bien. Es en este tipo de situaciones extremas en donde surge lo mejor de uno, donde se reconocen virtudes y aptitudes en uno mismo que permanecían ocultas dentro de un hombre de ciudad acostumbrado a lo fácil, a lo seguro, a lo conocido. Después de haber contemplado paisajes increíbles y vivido sensaciones fascinantes y extremas, uno toma conciencia de que no somos nada en comparación con lo que nos rodea, nos creemos amos y señores de un mundo donde nuestro protagonismo es casi nulo, un mundo al que le importa una mierda si nos hace falta agua o comida o sentimos miedo. La naturaleza es grandiosa, hermosa, peligrosa y digna del mayor de los respetos.

Ya habían transcurrido varias horas desde el acampe. Se hacía muy difícil conciliar el sueño. Siento ruidos extraños. Pero tenía que hacer mis necesidades, debía salir de la carpa. Ella me siguió, no quería quedarse sola. Alumbré con mi linterna hacia todos lados para cerciorarme de que no hubiera ningún peligro, los ruidos habían cesado. Me puse a pensar en los animales que podrían haber alrededor: zorros, huemules, ciervos, jabalíes, pumas, etc., no se acercan al hombre, nos temen, y tienen buenas razones para ello. Me sentía estúpido preocupándome por ellos, no era lógico, parte de mi mente seguía empecinada en crear temores infundados y tenía que descansar, porque al otro día había que continuar escalando. Finalicé mi tarea y nos dirigimos a la carpa, procurando dejar mi mente en blanco, porque ya no podía ser fácilmente engañada con pensamientos bellos o cotidianos. Percibo el sonido de hojas secas a unos metros. Giro la vista y los vi. Era mi imaginación, que otra vez me estaba tendiendo una trampa, pensé. Pero el alarido que lanzó mi compañera me hizo reconsiderar la situación. Eran unos ojos brillantes, luminosos, con una mirada penetrante, segura y acechante. Un gruñido sereno en un tono muy bajo, completaba el escalofriante cuadro. Era un puma, de poco me iba a servir mi improvisada lanza en caso de un ataque. No caía en la cuenta de que lo que estaba pasando era real, no era posible, iba en contra de todas mis especulaciones y mi lógica, había ganado la batalla en mi cabeza la parte más infantil, la más inocente y crédula. Esto era muy real.

Tenía que capitalizar tantos años de mirar Discovery, le ordené a ella que permaneciera quieta detrás de mío, me erguí lo más que pude para parecer más grande y grité como nunca en mi vida, descargué todas mis tensiones y mis miedos en insultos hacia aquella bestia. Ésta, sorprendentemente, no respondió a mi agresión verbal, seguía gruñendo bajo a pesar de mis gritos. Hasta que comprendí lo que estaba sucediendo, había algo extraño en su mirada. En el abanico macabro de circunstancias posibles en una situación como esta nos habíamos topado con la peor: el animal estaba hambriento. Era la respuesta más obvia, es muy raro que acechen seres humanos, se me habían quemado los papeles. Maldije mi suerte, como corresponde, y que sea lo que Dios quiera, ya no dependía de mí, no había nada que pudiera hacer, más que seguir gritándole y tener fe.

Comenzó a moverse lentamente hacia un costado, buscando mi espalda, yo no dejaba de alumbrarlo y ninguno de los dos desviamos la vista del otro en ningún momento. Nunca voy a olvidar esa mirada, su brillo, una mirada aguda, profunda, alerta, quizás con un poco de miedo también, pero decidida. Supongo que, salvando las distancias, su expresión era la misma que la mía. Quizás toda la secuencia haya durado sólo segundos, pero a mí me parecieron horas, hasta que lanzó un grito desgarrador. Fue el momento más terrible que me haya tocado vivir, reviví toda mi vida en lo que habrá sido menos de un segundo (calculo yo, porque la noción del tiempo la tenía completamente distorsionada), el puma se me venía encima a una velocidad increíble. Grité con todas mis fuerzas, pero ya no con miedo, sino con rabia, ahora era un desafío, era él o yo. Yo ya lo había comprendido y estaba decidido a frenar su embestida y matarlo como sea. Clavé mi lanza al suelo y me tiré levemente hacia atrás: siento un ardor terrible en mi cuello, la fiera estaba sobre mí en el suelo, sentí su pestilente aliento en mi rostro, forcejeando saqué mi navaja y en un golpe de suerte pude abrirle la yugular. Quedé atónito, no podía creer lo que había pasado, mi plan había funcionado, mi lanza, que poca fe le tenía, lo había atravesado de lado a lado y lo debilitó para cuando lo tuve encima. Sólo sufrí cortes superficiales en mis brazos, un golpe en la cara con sus dientes y una herida que me recordará ese día por el resto de mi vida: sus garras rasgaron mi cuello y parte de mi pecho. Pero nada de eso importaba, había vencido a la bestia, con todas las de perder. Seguramente si me atacaran cien pumas más, moriría en todas las oportunidades, pero en este caso la suerte estuvo de mi lado. Y triunfé.


Qué historia picante hubiese sido eh! Jajaja. Sí me perdí en la montaña, pero por suerte alcanzamos el refugio justo al caer la noche, y no estaba con una mina sino con un amigo, pero quedaba más groso así. Y menos mal que no me encontré con un puma porque en estos momentos estoy saliendo en la tele:

 
 
 
  
  

Para los que no conocen: vayan al sur que es un lugar fantástico, de fábula. Y no se preocupen por los animales, hay más probabilidades de que se los viole un negro que de que los ataque un puma...